sexta-feira, 1 de agosto de 2014

Coqueteos con la muerte















Siempre es el mismo ritual. Se empieza con los pies en la tierra. Luego, un poquito más arriba. Y un poquito más, y un poquito más, y un poquito más. Hasta que uno se encuentra pedaleando una bicicleta por un cable suspendido en un abismo a mil metros del suelo. Es la vida de Eskil Ronningsbakken (Hamar, 1979), un noruego equilibrista que se fotografía en las alturas y que ve lo suyo no como una oportunidad de Guiness sino como expresión artística.

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Todo empezó a los cinco años, con una visita peculiar a un hogar que hacía rutina con lo extraño: “Mi padre era pintor y traía a casa gente de todo tipo. Gente que llamarías rara [ríe]. Nos visitó un yogui hindú y me quedé fascinado con cómo controlaba su cuerpo”. Las contorsiones de Harald Olsen, que es el improbable nombre del yogui, plantaron la semilla en Ronningsbakken de que lo suyo era el arte corporal extremo. Algo que no sentó nada bien a sus dos padres, por el peligro, “aunque en los últimos años lo habían aceptado”. Habían, porque su padre, Oddmund Ronningsbakken, murió el mes pasado. “Pero lo llevo dentro de mí”, afirma.
Tal vez sea ese espíritu de artista la clave de su gran éxito, que solo crece. Apariciones para audiencias millonarias en Discovery o BBC que a sus 35 años ahora cristalizan en su propio programa para una gran cadena que aún no puede desvelar.
Pero el oropel de la atención de los medios no le obsesiona. Lo que le quita el sueño es la foto perfecta: “Que no existe, ¿verdad? Pero siempre se puede mejorar”. Lo ha hecho hace unos días en una montaña con forma de dedo, que sin embargo, se llama Bladet (la pluma), en su Noruega natal. La imagen abruma. Un Ronningsbakken diminuto suspendido sobre un pico con una mano. Y boca abajo, cara a cara con la muerte.
Ronningsbakken es muy consciente de ella, de la muerte. Por eso no se anda con tonterías cada vez que sube a la montaña. “Si discuto con mi mujer, lo arreglo antes de subir [ríe]. En serio, no puedo tener ningún problema con nadie. Apago el móvil, no contesto a mails… No puedo llevarme nada malo dentro ahí arriba”. Tal vez por eso se ha animado a lo del yoga, que le ha enseñado su esposa, Denisse, a la que conoció tras tres años en Perú “por las alturas y los amores”. Sin embargo, cuando llega el momento, la emoción lógica lo abruma: “Miedo. Mucho, mucho, mucho miedo. Me visualizo de las dos maneras: lo consigo y me caigo. Y si me caigo, me mato. Así que elijo el éxito”.
¿Por qué lo hace? “Por el arte”, repite. ¿Pero en qué consiste ese arte? “Yo creo que las personas que me ven piensan inmediatamente en la muerte. De hecho, es lo que hago. Estar en la frontera entre la vida y la muerte. La vida es equilibrismo”.
En la locura lo ayudan dos fotógrafos: Knut Bry y Sindre Lundvold. El primero, todo un veterano que tras 25 años en la moda estaba aburrido y quiso probar con “algo diferente” y se animó a retratar a artistas de todo tipo. Hasta enamorarse de los juegos al filo de la nada de Ronningsbakken. “Con él me entiendo sin apenas hablar. Los dos sabemos perfectamente lo que queremos hacer”. A Lundlov si le da más indicaciones. Posición y encuadre de esa imagen que ya tiene definida hasta el último detalle en su cabeza.
Lo próximo, el edificio más alto del mundo. Cuando lo construyan, claro. 838 metros de cristal, acero y hormigón disparados al cielo de Changsa, capital de la provincia de Hunan, sur de China, cuya inauguración está prevista para 2015. “Pero solo si tengo al 100% claro que va a salir bien. Siempre me lo pienso mucho más cuando es en ciudad. En la montaña estoy yo solo. En la ciudad hay que preocuparse aún más porque puedes afectar a muchas personas”.
¿Y para cuándo dejarlo? “Yo me siento muy bien. Tanto mental como físicamente. Supongo que me quedarán unos cinco años. Pero luego lo transformaré en otra cosa, siempre artística. Y me encanta enseñar a otros, a los niños...”. Costará menos convencerlos, a ellos y a sus padres, si la lección no incluye colgarse de un globo boca abajo o jugar al monociclo ante un vacío inabarcable.

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/28/actualidad/1406571209_701018.html?autoplay=1

Cada famoso con su isla







Branson, en su propiedad de las Islas Vírgenes Británicas. / CAMERA PRESS/ED/CS / Cordon Press ED/CS


Skorpios, que pertenecía a los Onassis y ahora ha adquirido una millonaria rusa. / AP
 





La isla de Johnny Depp. / DPA/AFP Farhad Vladi



Existe una solución para librarse de miradas indiscretas, muchedumbres a la orilla del mar y compañeros de hotel incómodos. Es sencilla, pero no nos engañemos, enormemente cara: comprar una isla privada.

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Puede representar una oportunidad de negocio, como lo es para Richard Branson; una guarida antipaparazzi, como la de Johnny Depp; o un capricho de aniversario, como el pedacito de tierra de Beyoncé. Jay-Z quiso contentar a la diva de la canción con ese regalo al cumplirse cinco años de su boda, en 2013. El pedazo de tierra del matrimonio de artistas más influyente del mundo, según Forbes, se encuentra en el norte de Abaco, en Bahamas, y el amantísimo rapero desembolsó dos millones de euros por él. Tal vez influyera en esta compra el deseo de privacidad de la pareja para su hija pequeña, Blue Ivy, nacida en enero de 2012 y a quien se cuidan muy mucho de mostrar incluso en las fotos más íntimas que suben a Instagram.
Esta misma voluntad de ocultarse de objetivos ajenos movió a Eddie Murphy y a Johnny Depp a adquirir sus posesiones. Ambos son vecinos en Bahamas. El primero adquirió su propio enclave cerca de Nassau en 2007 por algo más de 11 millones de euros. Y Depp quiso hacer honor al nombre de su hija, rebautizando la suya como Lilly Rose Beach (originalmente se llamaba Litte Halls Pond Cay). Por estas 18 hectáreas pagó unos 3 millones de euros y la adquirió en 2004, justo al terminar la primera parte de Piratas del Caribe. En 2011, mientras Penélope Cruz rodaba la cuarta de esta serie fílmica, se la brindaría para su boda con Javier Bardem.
El primer inspirador en Hollywood de esta moda de comprar islas fue precisamente uno de los mejores amigos e ídolo personal de Depp, el mítico Marlon Brando. Fue después de rodar en Tahití Motín a bordo (1962), cuando se enamoró de Tetiaroa, un pedazo de paraíso en aguas polinesias. Allí educó durante años a la descendencia que tuvo con Tarita Teriipia, su tercera esposa. “Es el lugar que escogió para dejar atrás Hollywood”, aseguraba su hijo Tehiotu en un documental sobre su padre. Brando solía pasar allí las horas buceando y aspiró a construir la primera colonia de biología marina en el Thaití francés. Edificó aulas y laboratorios que nunca llegaron a usarse. Ahora una cadena hotelera ha adquirido la ínsula para levantar un hotel de lujo.
Leonardo DiCaprio quiere hacer de la suya, Cayo Blackdore, situada cerca de la barrera de coral de Belice, un ejemplo ecológico. Conocido por su implicación en ese tipo de causas, el actor la descubrió en unas vacaciones en 2004 en un hotel de lujo en la cercana Cayo Espanto. Tras adquirirla por casi 1,5 millones de euros anunció sus planes de construir en ella junto al grupo Four Seasons un aeropuerto privado y un resort de cinco estrellas basado en el diseño sostenible y la conservación medioambiental.
En el otro extremo, la artificialidad de Dubái ofrece propuestas a medida. El príncipe de este emirato regaló en 2006 a Michael Schumacher un enclave para que disfrutara de su jubilación tras anunciar una de sus múltiples retiradas. Su parcela está ubicada en el ostentoso archipiélago prefabricado The World, cuyas islas imitan la forma de un mapamundi. El piloto, en proceso de recuperación de un coma desde enero por un accidente mientras esquiaba, es ahora propietario de una porción de tierra valorada en 4,5 millones de euros.
Son los dos polos de un negocio creciente que tiene sus propias agencias. Private Island Online y Vladi Private Islands son las dos principales empresas que gestionan la compraventa y el alquiler de estas propiedades. Vladi presume en su web de haber vendido más de 2.400 desde su fundación en 1979. La primera, recoge en su guía anual para compradores de islas un repaso por las oportunidades que ofrece cada parte del globo. Según este repaso, en América Central están las más económicas; en el Caribe (y especialmente en Bahamas) se encuentra la mayor concentración de islas de famosos. Norteamérica ofrece leyes de propiedad muy flexibles; en el Pacífico sur existe mayor disponibilidad. En Asia la escasa oferta y las restricciones al comprador extranjero hacen que el mercado sea feroz. Y en Europa existen dos vertientes: los soleados archipiélagos griegos y los fríos escandinavos, mucho más económicos.
El récord en desembolso lo ostenta el magnate de la informática y dueño de Oracle, Larry Ellison: 370 millones de euros por la sexta más grande de Hawai, Lanai. Al menos, así se hizo eco la prensa local, aunque, como en la mayoría de estos casos, su precio de venta es confidencial. En este caso la adquisición no es para uso propio, sino que el empresario ha invertido en el negocio turístico.
El nombre de Skorpios siempre irá unido al de la familia Onassis, aunque desde el año pasado su propietaria sea la millonaria rusa Ekaterina Rybolovleva. Athina, la heredera del clan griego encontró en las competiciones hípicas a la perfecta compradora. La joven de 25 años es hija del dueño del Mónaco, Dmitry Rybolovlev, quien compró este antojo a su niña, aficionada a batir los récords del lujo. Ya posee del ático más caro de Nueva York, que adquirió por unos 117 millones de euros.
Aunque si hay una que copa titulares es Necker Island, propiedad del siempre llamativo Richard Branson, el rico dueño de Virgin Group (que también posee Isla Mosquito, ambas en las Islas Vírgenes Británicas). El millonario de pelo platino y eterno bronceado alquila su suelo para bodas o fiestas exclusivas y también tiene un imponente balneario que visitan estrellas como Kate Winslet. El nombre de los visitantes suele ser confidencial, pero en el caso de la actriz su estancia encontró eco planetario por el incendio que se declaró cuando disfrutaba de unos días de relax junto a sus hijos y su novio hace tres años. La protagonista de Titanic ejerció de heroína rescatando de las llamas a la madre de Branson, de 90 años. La isla tiene su propia página web, en la que el empresario que ahora quiere llevarnos al espacio la denomina “mi hogar y mi refugio”. Incluso ha publicado un vídeo en el que se le ve dando de comer a sus polémicos lémures (naturales de Madagascar) y disfrutando de un baño en su mansión isleña. En el clip, Branson desvela que el presidente Carter y Kofi Annan son dos de los huéspedes que ha recibido Necker. El multimillonario confiesa que le encanta” tumbarse en su hamaca y mirar las constelaciones”. Un sencillo lujo al alcance de muy pocos.