sexta-feira, 1 de agosto de 2014

La extraordinaria aventura de los legendarios barcos corsarios alemanes en los mares más exóticos






El ‘Águila del mar’ y el ‘Cisne del Este’

ELPAIS

Muy lejos de los atestados campos de batalla de Francia y Flandes, al otro lado del mundo, en los mares más exóticos, hubo en la I Guerra Mundial espacio amplio para una extraordinaria y rutilante aventura en la que, a diferencia de en la impersonal e inútil matanza de Europa, cabían asombrosas peripecias, la acción individual, la osadía, la fama, el sentido romántico de la existencia, la conciencia, la caballerosidad y hasta el honor. Fue el territorio de las hazañas de los barcos corsarios de la Kaiserliche Marine, la marina imperial alemana, especialmente dos de ellos, los legendarios Seeadler (Águila del Mar), el último gran barco de guerra a vela, y el Emden, un crucero ligero conocido en los puertos del Extremo Oriente por su pintura blanca y sus gráciles líneas –para un crucero de tres chimeneas- como el Cisne del Este. La aventura hallaría su continuación en la II Guerra Mundial con una nueva generación de corsarios, alguno de los cuales, como el Atlantis del capitán Rogge, estaría a la altura de sus predecesores.
El Seeadler y el Emden se condujeron honorablemente y se granjearon el respeto y la admiración hasta de sus enemigos, compensando la imagen de barbarismo de las tropas del Káiser en Bélgica. El propio Churchill, a la sazón primer Lord del Almirantazgo, dijo del Kommandant Karl Von Müller, el circunspecto capitán del Emden, distinguido como “el gentleman del mar” y con un aire a lo Christopher Lee: “Cumplió con su deber”. Que no lo maldijera ya es todo un detalle, visto que en su breve pero fulgurante carrera el Emden echó a pique o capturó una veintena de mercantes –seis en una sola semana-, hundió un crucero ligero ruso y un destructor francés, atacó osadamente, a lo Nelson, los puertos de Madrás y Penang, provocó el alza del precio del arroz y los seguros náuticos en la India, y trajo de cabeza a nada menos que 78 barcos de guerra aliados que lo persiguieron durante tres meses infructuosamente, para perjuicio de la moral y ridículo de la Royal Navy que se suponía soberana de los mares.
Las acciones del Emden y el Seeadler se desarrollaron en un ambiente digno de las novelas de Joseph Conrad. Fueron su escenario mayoritariamente el ancho Pacífico, el Mar de China, la bahía de Bengala, el Índico. Era entonces aún un mundo de vapores, viejos mercantes y veleros, cargamentos de carbón y copra, puertos atestados de rumores y oportunidades, praos y sampanes, cielos arrebolados y atardeceres púrpuras heraldos de tifones. ¡Qué lejos queda Verdún del Estrecho de la Sonda, el cráter de un obús del del Krakatoa!
Releo estos días en Formentera acodado en una mesa sobre el mar en el chiringuito Pelayo mientras al lado Jorge Drexler y unos hippies se unen en una improvisada jam session –“en el borde de tus aguas/ hay un murmullo de sal”- las memorias (la mayoría compradas a precio de oro en librerías de lance) del conde Felix de Luckner , el irrepetible capitán del Seeadler, las del Primer Oficial del Emdem, Helmuth von Mücke, cuya increíble odisea le llevó a ¡luchar en el desierto de Arabia!, las del oficial de presa del mismo barco, Julius Lauterbach, Juley el Gordo, larger tan life, que luego comandó otro célebre corsario, el Möwe (Gaviota), y toda la maravilla y nostalgia de esas viejas vidas de marinos perdidos me abruma como si fueran páginas de Lord Jim. Más aún porque acompaño la lectura con largos tragos de licor de hierbas.
El Conde de Luckner, ”el diablo del mar”, Seeteufel, es un personaje sensacional. Se escapó de casa a los 13 años para ver el show de Buffalo Bill y ser marino, se enroló en un barco ruso del cual se cayó y fue rescatado gracias a la intercesión de unos albatros, abandonó el buque en Australia donde vivió siete años practicando los más insólitos oficios incluido el de cazador de canguros. Individuo de amplios intereses –boxeaba y ¡era un gran mago!–, viajó muchísimo por todo el mundo, incluso conoció al famoso rey Joja de Bamum (Camerún), que vestía de húsar, aunque sin pantalones, y exhibía una copa decorada con los maxilares de sus enemigos, hasta acabar enrolado en la marina del Káiser, con la que sirvió en la batalla de Jutlandia. En 1916 le ofrecieron el insólito mando de un velero para burlar el bloqueo británico y actuar como corsario auxiliar contra su tráfico naval. El navío era un bricbarca de tres palos escocés apresado por un submarino alemán y al que se le instalaron dos cañones de 105 mm, varias ametralladoras y un motor diésel. Vamos, como para ganar cualquier regata.
Al mando de tan singular embarcación el no menos singular Von Luckner y sus marinos conocidos como Die piraten des Kaisers, los piratas del emperador, embebidos seguramente de Karl May, realizaron la que está considerada la última gran gesta de un corsario a vela, después del confederado Alabama: en ocho meses capturaron o hundieron 16 barcos (entre los hundidos uno en el que el propio capitán había navegado) en el Atlántico, las costas de Sudamérica y el Pacífico. La estrategia favorita de Von Luckner era hacer pasar el Seeadler por un inofensivo mercante noruego, el Irma, incluyendo en el disfraz situar bien visible un retrato del rey escandinavo y a un marinero jovencito vestido de mujer como si fuera la esposa del capitán (es de esperar que el papel acabara con la representación). Eso le permitía zafarse de los navíos de guerra enemigos que vigilaban los mares o, tras enarbolar el pabellón de guerra imperial, lanzarse rapazmente sobre los confiados mercantes que encontraba. Dejando de lado los trucos clásicos de corsario –necesarios además si llevabas un velero-, el ilusionista diablo del mar tenía un comportamiento intachable. De hecho en toda su aventura bélica no perdió ni a uno de sus hombres y solo provocó una muerte (un marinero británico).
Las aventuras y la decencia no significan, sin embargo, que la guerra en esos anchos horizontes de agua y ocasionales arenas blancas, corales y cocoteros, predios de Salgari, Stevenson, Marryat o Conrad no fuera también guerra, acerba guerra, que el águila no tuviera garras y el cisne sus buenos diez cañones de 4,1 pulgadas (y cinco torpedos). Ambos bonitos barcos, verdaderas aves de presa sobre las olas, causaron estragos en el océano (en el crucero ruso destruido por el Emden, el Zemchug, murieron 91 oficiales y marineros y 60 pobres prostitutas chinas que se encontraban a bordo –lo que quizá explica el efecto sorpresa del ataque-), y los dos acabaron mal. Durante la batalla de las islas Cocos que supuso su fin en combate contra el mucho más poderoso crucero australiano Sidney, el Emden, sometido a una brutal tunda de un centenar de cañonazos, fue embarrancado por su capitán, y cuando una partida enemiga subió a bordo del devastado navío días después se encontró un espectáculo dantesco de cuerpos hechos trizas. El del pagador del Emden estaba literalmente empotrado en hierro retorcido y hubo que sacarlo a trozos de los que caían billetes. En total, de sus 325 tripulantes (y seis gatos), el crucero tuvo 141 muertos (incluidos sus tres fieles lavanderos chinos y el barbero) y 65 heridos, un porcentaje de bajas del 63%.
En fin, eso no impide, pienso yo, que sea preferible hacer la guerra en un escenario como el de los corsarios, en plan Corto Maltés, al menos respirando aire puro y oteando hermosos horizontes, rumbo a Papeete, Ceilán, Penang, Hong Kong o Tsingtao hasta que te maten. Siempre puedes tener un limpio entierro en el mar y no el pútrido olvido de dos palmos de fango ensangrentado en la tierra de nadie de la guerra de trincheras. Mejor caer en una viñeta de Hugo Pratt que en una de Tardi.
Si el SMS (Seiner Majestaet`s Schiff, navío de su majestad) Emden sufrió una muerte heroica, luchando contra un enemigo superior, la del Seeadler fue más a la medida de su insólito capitán. El 1 de agosto de 1917 se encontraba fondeado en un pequeño atolón de la Polinesia cuando un inesperado tsunami lanzó el velero contra los arrecifes. Una versión menos épica sugiere que en realidad la tripulación se encontraba de picnic en la paradisiaca isla y el barco se desancló; una chapuza, vamos. En una proeza náutica digna de Bligh o Shackleton, Von Luckner navegó 3.500 kilómetros en uno de los botes salvavidas rescatados del naufragio hasta las Fiji para buscar ayuda, pero fue capturado (luego escapó; todos lo hacían: la historia de estos marinos del Káiser parece La gran evasión). El resto de la tripulación logró atrapar una goleta francesa y salir del aprieto, aunque acabaron internados ¡en la isla de Pascua!
Tras la guerra, Von Luckner tuvo, como también Lauterbach, ambos convertidos en personajes muy populares, un flirteo con la derecha parda que te hace pensar que es una pena que algunas vidas tengan segundas partes. Lauterbach entró en un Freikorps y combatió a los espartaquistas. Von Luckner, que visitaba la casa de los padres del luego criminal nazi, fue el inspirador de que Heydrich entrara en la carrera naval, de la que fue expulsado para devenir en el siniestro jefe de los servicios de seguridad de Hitler. El diablo del mar se dejó además agasajar por el demonio de tierra.
Diferente fue el caso del sobrio Von Müller, el capitán más famoso de la historia de Alemania (ganador de la preciada orden Pour le Mérite, el Blue Max), su Dick Turpin de los mares -como lo denomina Dan Var der Vat en su apasionada historia del Emden, The last corsair (1983)-. Continuó haciendo gala de su honestidad y se negó a publicar unas memorias para no ganar dinero, dijo, con la sangre de otros marinos. Hombre muy parco, su carácter individualista fue decisivo para que el Emden se desgajara de la flota de cruceros de Spee e iniciara su carrera solitaria e independiente, tan desestabilizadora para el imperio británico. Siempre rescataba a los marinos de los barcos que hundía y del trato que les daba a bordo da fe el que a menudo lo despedían, al desembarcarlos, con insólitos vivas. La fortuna le acompañó hasta aquel aciago 9 de noviembre de 1914 en las islas Cocos. Siempre pensó que debía haber muerto entonces con su barco, aunque no dejó nunca de velar por los supervivientes de su tripulación. Var del Vat retrata a Müller con una frase conradiana: “Hasta el final fue un hombre que nadie conoció”.
La coda de la aventura del Emden, a cuyos supervivientes se les permitió incorporar el legendario nombre del barco a sus apellidos, es tan grande como su historia. Al ser cazado por el HMAS Sidney, el corsario acababa de poner en tierra a una partida de medio centenar de hombres bajo el mando de Von Mücke para silenciar la emisora de la isla Dirección. Ese grupo aislado de su navío protagonizó entonces un fabuloso regreso a casa desde la otra punta del mundo. Se adueñaron de una minúscula goleta, la Ayesha, reconvertida en el barco más pequeñito de la marina imperial, y se lanzaron a la aventura. Trasladados a un barco auxiliar alemán y tras pasar Socotra y entrar en el Mar Rojo, los marinos desembarcaron al fin en Yemen. Allí fueron atacados por beduinos incitados por el emir de la Meca en una marcha en camello por el desierto –libraron toda una batalla digna de Beau Geste en las dunas-, y acabaron tomando el ferrocarril de la línea del Hejaz de sus aliados turcos -¡un poco más tarde y los podría haber atacado Lawrence de Arabia!- para llegar a Constantinopla, donde fueron recibidos triunfalmente (las aventuras de los corsarios compensaban el triste papel general de la flota). No es la única conexión de los intrépidos marinos del Káiser con el coronel T. E. Lawrence: el mismo hombre que lanzó la leyenda de Lawrence de Arabia con su biografía, el periodista estadounidense Lowell Thomas, entrevistó a Lauterbach y Von Luckner y escribió libros sobre ellos.
El recuerdo de los corsarios y sus aventuras ayudó a mitigar un poco el motín de la flota y la derrota alemana en la I Guerra Mundial. Su espíritu, como decía, fue recogido por los nuevos corsarios en la Segunda, aunque navegar bajo la esvástica ya no era lo mismo –el Orion y el Komet dispararon sobre un barco de pasajeros-, y jamás volvió a surcar los mares del lejano Oriente un velero armado enarbolando el orgulloso pabellón de la marina imperial alemana y coronado de velas blancas como una vieja y noble rapaz de los océanos.
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/29/actualidad/1406656165_078005.html

El secreto de los ‘Stradivarius’





Antonio Stradivari (1644-1737), más conocido por la forma latinizada de su nombre, Stradivarius, fue un lutier y artesano italiano que construyó hace unos 300 años, en la localidad italiana de Cremona, instrumentos musicales de cuerda absolutamente únicos y reconocidos mundialmente. El más famoso fue el violín. Nadie ha conseguido igualar su sonido. Por uno de ellos se pagan cantidades astronómicas. Pero ¿dónde está el secreto de su sonido que los hace realmente excepcionales?

ELPAIS

Hay varias hipótesis, pero la principal es el clima. La madera que utilizó para fabricar estos instrumentos (arce y abeto) fue talada de árboles que crecieron en un periodo de frío extremo en Europa conocido como el mínimo de Maunder, que coincide con la parte más fría de la llamada Pequeña Edad de Hielo o Glacial (PEG, siglos XIV-XIX). La causa de estas bajas temperaturas entre los años 1645 y 1715 fue la mínima actividad que presentó el Sol por la casi desaparición de sus manchas solares. Los inviernos eran tan duros que, por ejemplo, el Támesis se congelaba (también el Ebro lo hizo en siete ocasiones, e incluso el Turia).
Estas bajas temperaturas afectaron al crecimiento de los árboles, haciendo que la distancia entre sus anillos fuera más pequeña y estuvieran más juntos; es decir, una madera mucho más densa de lo normal que haría más fuertes a los violines. Aquí es donde puede residir uno de los secretos de la singularidad del timbre de estos instrumentos. Lógicamente, también hay que reconocer la maestría de su creador, y un elemento más: la fórmula de su enigmático barniz. De todos los componentes que se han identificado en su especial composición todavía hay uno que se desconoce.

Imagem: Violín Stradivarius de 1713. / Cristóbal Manue

Lauro Moreira: CPLPA? Uma CPLP desfigurada





Custa-me admitir que acabamos de desfigurar a CPLP e o sonho de seu mentor, o Embaixador José Aparecido de Oliveira, com a aceitação interesseira de um ser estranho ao espírito lusófono. Um país que nada fez na prática para merecer essa concessão a não ser introduzir às pressas o português como língua oficial, ao lado do espanhol e do francês(!) e acenar com seus petrodólares de novo-rico

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Todos infelizmente já esperávamos por isso, desde 2010. Mas o que acaba de acontecer em Díli, deixa perplexos e frustrados a mim e a muita gente que sente, cultiva e respeita o que chamamos de Lusofonia. Na X Cimeira na capital do Timor Leste, os Chefes de Estado e de Governo dos oito países da CPLP – a Presidente Dilma não compareceu – deram as boas-vindas a um novo membro que, além de politicamente pouco recomendável, praticamente nada tem a ver com a Lusofonia: a República da Guiné Equatorial.
Trata-se, como se sabe, de uma pequena e antiga colónia na costa ocidental da África, originalmente pertencente a Portugal, que a trocou com a Espanha por um pedaço de terra hoje brasileira (Ilha de Santa Catarina), na negociação dos Tratados de Sto. Ildefonso (1777) e El Pardo (1778). Ou seja, até sua independência política em 1968, tratava-se de uma colónia espanhola que desde então nada mais tinha a ver com Portugal ou com a Lusofonia.
Do mesmo modo que desde essa independência tem vivido sob uma ditadura férrea e cruel, a mais antiga da África, onde pontifica o senhor Teodoro Obiang, o oitavo governante mais rico do mundo, segundo a revista Forbes, que reina absoluto sobre um país que flutua hoje em petróleo e sobre uma população naufragada na maior miséria. Um país desconsiderado pela comunidade internacional, isolado pela língua (o único a falar espanhol em toda a África), cuja história, cultura e comportamento nada têm a ver com os ideais que presidiram a criação da Comunidade dos Países de Língua Portuguesa, em 1996.
Todos que me conhecem sabem de meu respeito e meu entusiasmo pela Lusofonia, sentimento que cultivava muito antes mesmo de receber a honrosa incumbência de abrir a Missão do Brasil junto à CPLP, em Lisboa, em 2006, e ocupar por quatro anos o cargo de Embaixador de meu país junto àquele Organismo internacional. Em 2009 tive o imenso prazer de ser agraciado com o título de Personalidade Lusófona do Ano, outorgado pela ONG Movimento Internacional Lusófono – MIL, e entregue pelo Presidente Mário Soares em cerimónia realizada na Academia de Ciências de Lisboa. Em um dos artigos publicados na imprensa portuguesa na época, procurei definir o que entendia, e entendo, por Lusofonia:
“Logo, o que chamamos de Lusofonia é algo que transcende à questão linguística. Podem não ser povos exclusivamente lusófonos (referia-me aos PALOP), mas são também lusófonos, ainda que minoritariamente. Quer queira-se, quer não, vale repetir, há um espaço lusófono ocupado por esses países, e há sobretudo um espírito lusófono, gerado por uma convivência e uma miscigenação tecida ao longo de quinhentos anos. E esse diálogo intercultural e interétnico que se estabeleceu entre descobridor e descobertos, entre colonizador e colonizados – e sem que se entre aqui em qualquer juízo de valor sobre essa colonização – acabou também fazendo da língua uma ‘construção conjunta’, na expressão de José Eduardo Agualusa, onde aspetos sintáticos, fonéticos e lexicais acusam uma grande variedade, em um processo de permanente enriquecimento do idioma original de Gil Vicente. Por isso mesmo, Mia Couto diz muito bem, parafraseando Fernando Pessoa (Bernardo Soares) que ‘minha pátria é a minha língua portuguesa’. Ou seja, desse rico património imaterial, forjado a partir da experiência vivida no cruzamento desse triângulo Portugal-Brasil-África ao longo de cinco séculos, emerge aquilo que chamamos hoje de Lusofonia, uma construção que teve um dia para começar, mas que não tem uma data para acabar. Algo em permanente evolução, um fenómeno in fieri.”
Diante de tudo isso, custa-me admitir que acabamos de desfigurar a CPLP e o sonho de seu mentor, o Embaixador José Aparecido de Oliveira, com a aceitação interesseira de um ser estranho ao espírito lusófono. Um país que nada fez na prática para merecer essa concessão a não ser introduzir às pressas o português como língua oficial, ao lado do espanhol e do francês(!) e acenar com seus petrodólares de novo-rico. Portugal foi o último membro a sucumbir, já que até há pouco resistia solitariamente a essa decisão, enquanto o Brasil há anos se havia colocado a favor dela… Aliás, caberia perguntar se as reuniões da CPLP doravante necessitarão dos serviços de interpretação simultânea, já que os representantes do novo País-Membro desconhecem a língua portuguesa. E quem sabe se não seria conveniente acrescentar uma letra mais na sigla, que passaria a ser CPLPA, ou seja, Comunidade dos Países de Língua Portuguesa e Afins?…
A política externa brasileira, a propósito e como se sabe, relegou a CPLP nos últimos tempos a um segundo ou terceiro plano, abdicando de uma posição não de liderança mas de responsabilidade natural, que todos os demais membros esperam e desejam, decorrente do relativo peso populacional, económico e político do Brasil. Não nos esqueçamos de que o português é hoje a terceira língua do Ocidente, com cerca de 245 milhões de falantes, e de que quatro entre cinco desses falantes são brasileiros.
Por outro lado, a decisão de Díli passou quase que em brancas nuvens pela imprensa brasileira, que refletindo a atitude do atual Governo pouco ou nenhuma importância tem dado às questões da Lusofonia. Bem diferente da midia portuguesa, em que os principais jornais criticaram severamente a lamentável incorporação do novo membro da CPLP. A título ilustrativo, encerro minha indignação com o Editorial do Correio da Manhã, de Lisboa, de 24 de julho corrente, com o qual estou de pleno acordo:
“Princípios traídos
A CPLP é uma comunidade de países que partilha mais do que uma língua: há um património comum de história, afinidades, afetos.
 Alguns territórios da atual Guiné Equatorial tiveram presença portuguesa, mas esses laços perderam-se nos finais do século XVIII. Numa ilha fala-se um crioulo de origem portuguesa, mas esse facto não torna o país de expressão lusófona. Aliás, a notícia da adesão foi revelada no país em espanhol, francês e inglês e não na língua de Camões.
Sendo um pequeno Estado, rico em petróleo e recursos naturais, que financia uma das ditaduras mais corruptas e sanguinárias de África, a adesão à CPLP representa o acesso a um fórum internacional relevante. Seduzida pelos milhões do petróleo, a CPLP legitima o regime de Obiang. A adesão da Guiné Equatorial à CPLP é apenas um negócio que trai os princípios naturais da comunidade dos países de língua portuguesa.”
Lauro Moreira | moreira.lauro@gmail.com
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Lauro Moreira foi o primeiro embaixador do Brasil junto da CPLP, 2006-2010; presidiu à “Comissão Nacional para as Comemorações do V Centenário do Descobrimento do Brasil”, em 1997, em 2009 foi agraciado com o título de “Personalidade Lusófona do Ano”, pelo MIL, e é cidadão honorário da Cidade Velha, Cabo Verde. 

http://www.jsn.com.cv/index.php/opiniao/1680-lauro-moreira-cplpa-uma-cplp-desfigurada

sábado, 26 de julho de 2014

Luanda. NÓS E OS BANCOS... FURADOS???






Segunda-feira me dirigi junto da uma agência bancária para comprar divisas por 'motivo de viagem', devidamente documentado, mas a resposta da jovem funcionária (até simpática e adornada) foi: "este pedido só poderá ser respondido daqui há 15 dias porque o banco não tem liquidez e blá blá blá blá".
Bom, eu fiquei complexo comigo mesmo e me perguntei: a pessoa quer levantar kwanzas, 'não temos liquidez'; quer comprar divisas, 'não temos liquidez'. A portaria do BNA limita a saida de kwanzas para o exterior no valor infimo de 50 mil kzs. Mas se os bancos não dispõem de divisas estrangeiras, porque não subir o valor da saída dos kwanzas?
Sinceramente, me perdoem os economistas e os que trabalham nas finanças, mas eu não percebo nem compreendo a notícia que vem publicada no Jornal de Angola de hoje, na ultima página: "Angola é o terceiro mercado financeiro de África" - 'Crescimento econômico é robusto'.
Como è que isso è possível com a falta de liquidez nos bancos? Me expliquem, please!

In Domingos Das Neves. Facebook